martes, 29 de noviembre de 2016

Los violines y las guitarras de Rafelin

En Nov.24.2016 el matutino Hoy coloca a ocho columnas, en su pagina inicial de la sección deportiva: ¡La FEDOMBAL aplica el poder!... Rafael Uribe le quita el aval a la asociación de basket Villa Altagracia. La nota estaba calzada con la firma del periodista José Cáceres. Un titular churrigueresco y no es decir poco, quizás sólo faltó un mandil recamadito de lentejuelas. En el ínterin repitió una de las pocas frases que tiene estampadas: “en el basket nacional no hay vacas sagradas, quien falle debe saber que pagará por sus errores”.

Siempre he tenido la idea de que a Rafael Fernando Uribe Vásquez, también conocido por el mote de Rafelin, actual presidente de la Federación Dominicana de Baloncesto (FEDOMBAL) no le enseñaron que después de sentarse a obrar en los sanitarios hay que tomar papel higiénico y limpiarse el culo.

Rafelin suspende al modesto torneo de Villa Altagracia, evento quizás hasta insignificante, pero que ya antes utilizó para conseguirle unos chelitos a Luis David Montero, Pinguilin, cuando se descubrió que no reunía los requerimientos académicos para seguir estudiando en los Estados Unidos y por lo tanto condicionaba su accionar en el baloncesto colegial de allí. El carajete demuestra que tiene sangre de horchata.

La disciplina y el respeto debe seguir primando en la familia del baloncesto dominicano y quien intente violar esas disposiciones se expondrá a recibir todo el peso de la ley de nuestra entidad”, apuntó. Repitamos: “el peso de la ley de nuestra entidad”, órgano estéril donde sólo salen a relucir las decisiones favorables a sus causas, como las decisiones del Tribunal Constitucional frente al Partido Revolucionario Moderno (PRM), en la pasada contienda electoral. Juez y parte, con el fiel de la balanza inclinado hacía un sólo extremo. ¡Temis (en griego Θεμις; Themis, que significa “ley de la naturaleza” más que “autoridad humana”) violada, estrujada, transgredida, desobedecida y golpeada!


Siempre he creído que el estado de justicia del mundo deportivo dominicano, por tradición, tiene una altísima actividad delincuencial, la que es aprovechada perversamente desde la residencia de la Pedro Henríquez Ureña desde hace un buen número de años. A ello se le suma una malsana impunidad, y todos nos preguntamos si esta gente tuve padre y madre, si fueron a la escuela y tuvieron maestros calificados, algunos hasta fueron seminaristas y monaguillos, algunos quizás cultivan el hábito de la lectura, pero prefiero inclinarme a que se apuntan con las telenovelas.

Uribe Vásquez se nos quiere mostrar impoluto, virtuoso, exitoso, ajustado, pero le adornan otras virtudes, con aura de naufrago entre rendido, resentido y transgresor. Siempre he dicho y repetiré hasta el final de mis días que es un soberbio mentiroso, un cobarde con todas las letras en mayúsculas, un pelafustán sin parangón, ruin como el que más, malicioso con pretensiones de infundir miedo, pero se le tuestan las alas antes de emprender vuelo. Es la versión deportiva de un controvertido El Pachá, Frederick Martínez (Luis Federico Crespo Martínez, Santiago, 1970), alguien a quien Jean-Louis Jorge pretendió convertir en el Marcelo Tinelli dominicano, pero no se dejó madurar. De ahí, puede tener fortuna en el mundo de las mediocridades, pero nada más.

Como decía mi abuela, que era de comunión diaria: “todo el malo es cobarde”.

Repitamos: “el peso de la ley de nuestra entidad”, incapaz de predicar con el ejemplo, debió alguna vez hacer públicos los estados contables de la FEDOMBAL desde la conclusión del año fiscal 2012 a la fecha, mientras pretende mantenerlos guardados baja siete llaves y un perro prieto delante de la bóveda.

Repitamos: “el peso de la ley de nuestra entidad”, pero escondió su hombría cuando se necesitó tomar decisiones frente al torneo de La Vega donde se produjeron incidentes de mayores proporciones.

Repitamos: “el peso de la ley de nuestra entidad”, pero se guardó el rabito entre las piernas cuando observó los desordenes producidos durante la celebración del Clásico Boyón Domínguez, en las instalaciones del Club Mauricio Báez.

Es que una cosa es con violín y otra muy diferente es con guitarra. Aquí se han juntado la santa saña de unos, la absoluta falta de misericordia de otros y la desventura moral de inmoderados para dar de vahídos.

¿En cuantos de los torneos donde Rafelin actuó con lenidad tiene intereses económicos?

Como señaló recientemente el buen amigo Federico Borrás: “el desorden no se puede acabar en el baloncesto dominicano, porque las actuales autoridades con el federado presidente a la cabeza, son la anarquía. Eso pasa porque en el baloncesto dominicano existe una verdadera rebelión de los mediocres. Un grupo de personas que no tienen nada que aportar y se juntaron para arrasar con todo”.

El futuro se escribe con planificación, visión de progreso, orden, frugalidad, y mucho trabajo. FEDOMBAL nos repite, por medio de sus bocinas, que ha triunfado, que nunca se habían escrito páginas tan gloriosas en tan poco tiempo y así lo remachan sus enchufados; nadie habla del porvenir, del mañana y cuando se atreven a mi me resulta ridículo. Rafelin, recogió los ripios de la siembra de Frank Herasme (Regil Leonidas Eurípides Herasme Díaz), sin ser una buena cosecha, porque nadie construye un baloncesto en tan escaso tiempo como se ha pretendido hacernos creer. Para peor, “la nueva era del baloncesto” está en salmuera. Cual entelequia aristotélica, está condenada a desplegar su “condición” fatalmente.

Uribe Vásquez tiene una devoción añeja, una suerte de ADN (ácido desoxirribonucleico, que contiene las instrucciones genéticas usadas en el desarrollo y funcionamiento de todos los organismos vivos conocidos) histórico que propende al atropello (y esto no es más que una mala metáfora), a la ruptura con el marco normativo convencional y hasta, como lo aseguraba el historiador Antonio Nakayama Arce (Culiacán, Sinaloa, México, 1911-78), a la efusión violenta. 

En apenas cuatro años el baloncesto dominicano perdió muchas de sus virtudes, se le despojó de su carácter socializador e inculcador de valores, como han sido la sana convivencia, el respeto mutuo, la tolerancia, la dignidad de la vida propia y ajena. Tampoco hay valentía para sacar estos temas al juicio oral, público y contradictorio.

El deporte del aro y el balón ha perdido su espacio dentro de la sociedad, dejando lugar al futbol y al voleibol; la tasa de aceptación por parte de los anunciantes se ha reducido en más de un 70 por ciento; las grandes marcas nacionales han perdido la confianza en la actividad y no reservan espacios ni presupuestos para el mecenazgo del mismo; se tiene la percepción de que desproporcionados salarios que se pagan en los “torneos superiores” provienen de actividades reñidas con las leyes y las buenas costumbres.

¿No se adivina una tolerancia, hasta un cierto regustillo de confort o aceptación social de la conducta transgresora y la ilegalidad?

¿De dónde viene esa propensión de Rafelin a lo ilegal, a lo obscuro y a la transgresión de las normas convencionales que le caracteriza?

Quizás encontró un baloncesto demediado, preso por las apetencias personales, que nunca ha podido finalizar sus ciclos básicos. El escaso desarrollo de las asociaciones provinciales, marginadas y virtualmente aniquiladas, donde sólo la celebración de un torneo “superior” les hace cobrar vida y en ese lúgubre y convulso accionar disponen de un voto en las asambleas eleccionarias que se negocian a base de viajes, canonjías y gollerías.

Esas asociaciones viven en eterna orfandad y en un  aislamiento que apenas permite su inclusión en las grandes tareas de la actividad. Un crecimiento económico deformado con patrocinios desbordados de dudosa procedencia, una desagregación del tejido social de la base deportiva.

El espeso caldo histórico de la actividad ha incubado los virus terribles del bandolerismo deportivo a secas, el bandolerismo social, el tráfico de influencias, la impunidad a ciertos niveles, y quien sabe cuantas actividades indebidas más.

Económica y culturalmente no se han incorporado valores agregados a la producción de líderes para el Comité Ejecutivo de las distintas asociaciones y de la propia entidad rectora, así como los jugadores, producciones materiales y simbólicas. No hay extras civilizados en el baloncesto dominicano.

La noción del mundo y el período es cíclica y tributaria de un romanticismo pelado, identificado con la pasión más que con la razón, con la emoción más que con el pensamiento, lo que permite entender los rasgos distintivos de su asumido estereotipo de personalidad.

De aquí su poco aprecio por las leyes, por la esfera convencional de la vida, por las normativas morales explícitas, volviéndolo propenso a las catarsis violentas, a la creación de códigos alternativos de relación moral, al ejercicio de la omisión.

¿Por qué no actuar en consecuencia y decidirse a convocar a la sociedad organizada para ejercer la gobernanza en serio del baloncesto dominicano, es decir, para involucrar a quienes haya que incluir en la definición, diseño y supervisión de la ejecución de las políticas públicas del deporte?


Hay tanta gente tratando de boyar, como buscando algo en medio de la abulia, de la apatía, que es necesario crear nuevos intereses y ello será como una epifanía. El resto es la cotidianidad horrible e inmunda que estamos viviendo.

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