AL
BORDE DE UN CAMINO AGRESTE
Ensuciémonos
las manos
09 DE
JUNIO DEL 2013
Rodrigo
Mejía-Ricart
Habré de excusarme por reiterativo. Vengo cada vez con los
mismos temas. Mal me excuso llamando la atención sobre lo recurrentes que hemos
sido al abordar nuestros problemas de hoy. Cada día gritamos las mismas
consignas que existen hace décadas y que son a todas luces insuficientes para
provocar cambios.
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Rodrigo Mejía-Ricart |
Debo comenzar recordando lo que ya he escrito, y lo escribo de
nuevo, Leonel Fernández pasó de ser una oportunidad a ser una decepción.
Prefirió acumular poder a transformar. Ahora bien, ello no nos autoriza a
pretender que él sea la única fuente y causa de los males de nuestro país.
Tampoco que trancarlo nos transformará.
Fijémonos en lo que pedimos. Donde corrupción e impunidad
abundan, falta institucionalidad. Pero las instituciones las llevamos en la
cabeza, lo que es decir que la reducción real y efectiva de la corrupción pasa
por la educación. Y esas instituciones son violadas por el político corrupto y por
el delincuente, pero también por los que escupimos un insolente “¿Tú sabes
quién soy yo?” al agente de tránsito, por los nos rehusamos a hacer filas por
el apellido que llevamos. Las normas son para todos, pero deben ser
interiorizadas. La reducción efectiva de la corrupción pasa también por la
creación de una sociedad más justa, con igualdad de oportunidades y mejor
distribución de la renta; pasa por más y mejor ciudadanía.
Los afanes por construir un proyecto aséptico, disciplinado e
incorruptible ya han sido probados. No funcionaron. Bosch lo intentó, se llamó
PLD. Este fue su resultado. Y es que el PLD existe dentro de un sistema social
que es más grande que él. Pensar la corrupción desde lo partidario se alimenta
únicamente de nuestros sesgos.
Nuestra democracia es disfuncional no sólo por sus actores, lo
es también porque sólo algunos intereses juegan. La caída de la participación
política no ha afectado a todos los sectores por igual. Los intereses
económicos juegan tanto como siempre. La deslegitimación de la izquierda y la
caída de la política de masas se tradujo por una clase baja menos politizada y
articulada. Para mencionar otro caso, hablemos de nuestras mujeres. Ellas
estudian más que los hombres, y sin embargo participan menos. Parece que a
pocos nos importa que nuestros talentos más capacitados no participen de los
procesos de toma de decisión.
Los menos educados y afortunados, las mujeres, los obreros, y
muchos otros no participan tanto como debieran en el terreno político. Eso
significa que estos grupos no defienden sus intereses como pudieran. El sistema
democrático está pensado para someter a los políticos al escrutinio y al poder
ciudadano. Poder que no conocemos ni ejercemos lo suficiente. Y es que
ejercerlo significa organizarse, articularse, para poder ejercer presión e
incidir en las decisiones de los gobernantes. Los políticos responden a quienes
participan.
Es demasiado optimista pensar que decapitar un proyecto político
suponga la transformación del sistema. Un sistema político es una relación de
fuerzas, y esas fuerzas que hoy se imponen encontrarán su sustituto. Al
desaparecer un Balaguer, apareció un Fernández. Y aparecerá siempre quien
articule esas fuerzas conservadoras. Cambiar el sistema no es cambiar una
cabeza. Destruir a un individuo tampoco lo es. Digo esto sin tener simpatía por
Fernández. Ninguna simpatía.
Su poder no es omnímodo. Dejemos de inventar adversarios
invencibles que sirven de chivos expiatorios. Digo no. No es cierto que todo
esto es culpa del PLD. No solamente. Es culpa de la mala (o nula) oposición.
También es culpa nuestra. Este sistema se sostiene en ciudadanos que no
participan, en decapitarlos, en decapitar sus ideas, su fuerza. Excluirlos de
la competencia del poder y de los recursos es lo que permite la concentración
de los mismos. La democracia se fundamenta también en que las diferentes
fuerzas sociales compitan y se limiten mutuamente.
Si las buenas intenciones bastaran, este país fuera otro.
Lamentablemente no es así. Nosotros hemos dejado el terreno abierto en lo
político por miedo a ensuciarnos las manos. Es hora de volver a ensuciarlas.
Pero hay que ensuciarlas con inteligencia. Para no vernos celebrando la muerte,
natural, de nuestros adversarios. Esa sería la más grande derrota de nuestra generación
y la continuidad del sistema.
No se nos entregará nada. Quienes hoy ganan pretenden seguir
ganando. Y su derrota debe ser política. No se conseguirá en los tribunales.
Derrotar al sistema supone cambiar el equilibrio de fuerzas, vigente hace décadas.
Para ello hay que movilizar las fuerzas que hoy no participan. Una de las
funciones de un proyecto político es articular fuerzas. ¿Estamos articulando?
Debemos salir del soliloquio de clase. En este país muchos son
los problemas. Muchos no piensan que la corrupción sea el principal. Es claro
que para el 42% que vive en la pobreza, para quienes este sistema no funciona,
no lo es. Es un tema de minorías y, aunque necesario, los hay más importantes.
Seamos sensatos, pensemos más allá de nuestro ombligo, del polígono central. La República Dominicana
requiere mucho más que un gobierno honesto.
Requiere soluciones; requiere transformar este sistema.
Preguntémonos ahora: ¿Queremos una nueva cabeza, un nuevo
Ministerio Público o una nueva sociedad?
Y que quede claro, con lo dicho no pretendo desmeritar la lucha
contra la corrupción y menos los esfuerzos de los activistas sociales. Ambos
son invaluables. Ambos tienen mi apoyo, mi admiración y mi respeto. Sin
embargo, me parece lamentable que quienes queremos ver transformada esta
sociedad asumamos un discurso monotemático y una estrategia que tiene en
nuestro país, al menos, 50 años de fracasos.
El tema de la corrupción da titulares, pero no construye una
nueva opción de poder. Tampoco se la construye únicamente desde los parques.
Al poder político se le vence políticamente. Es hora de
ensuciarse las manos.
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